martes, 21 de febrero de 2017

LA LUZ DEL MUNDO (XXIV): La Iglesia de hoy (2ª parte)


Decía en el escrito anterior que el origen de muchos problemas de la Iglesia de hoy estaba, a mi entender, en una cierta pérdida de nuestro modelo, Jesús, y en un distanciamiento, de muchos católicos, de su cuerpo místico que nos sigue acompañando, la Iglesia. Esto genera una tibieza que se traduce en fariseísmo, relativismo moral y proliferación de los creyentes no practicantes. Pues bien, debajo de todo esto, la raíz de todos los males que aquejan a la Iglesia y los católicos, está en algo que nada tiene de nuevo, aunque sí parece más extendido, LA FALTA DE CONVERSIÓN DEL CORAZÓN, de auténtica fe. Debemos profundizar en lo que la conversión es e implica, para saber en qué dirección tenemos que caminar, apartándonos de aquellos caminos equivocados que se siguen.
 La conversión consiste en poner a Dios, a Jesús, en el centro de nuestra vida; que Él sea el eje en torno al cual gire nuestra existencia y decisiones. El Shemá del Deuteronomio lo explica con claridad y contundencia (Dt.6,4) : “Escucha Israel y pon cuidado en guardar y practicar lo que te hará feliz… : El Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y estos mandamientos estarán estampados en tu corazón y los enseñarás a tus hijos y en ellos meditarás sentado en tu casa y andando de viaje y al acostarte y al levantarte. Y los has de llevar, para memoria, ligados en tu mano y pendientes ante tus ojos. Y los escribirás en las jambas y en las puertas de tu casa”.  Jesús hace suyo este precepto de forma total y absoluta (Mt.22,37; Lc10,27; Mc. 12,28 ). Intento a continuación desarrollar el contenido de este precepto según lo que leo en la Biblia.
Lo primero que nos dice el Shemá es que el Señor es “único Señor”. El es el dueño de todos y todo : “No hay mas que…un solo Señor ,Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también”( 1 Cor. 8,6); “todo fue creado por El y para El” (Col.1,16) . Por eso “ninguno de nosotros para sí mismo vive…pues si vivimos, para el Señor vivimos”( Rm. 14,8), pues “en El vivimos, nos movemos y existimos” (Hchos. 17,28). Todo lo ha creado el Señor y lo mantiene según su voluntad, “El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta, da la pobreza y la riqueza , humilla y enaltece”( 1S. 2,4). La sabiduría del Señor nos sobrepasa y no podemos juzgar sus planes, a veces incomprensibles para nosotros, pues, como nos dice a través de Isaías (55,9) “Que mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni  vuestros caminos son mis caminos, dice el Señor, sino que cuanto se eleva el cielo sobre la tierra, así se elevan mis caminos sobre los caminos vuestros y mis pensamientos sobre los pensamientos vuestros”. En este sentido nos dice el Eclesiástico (33.13-14), “como el barro está en manos del alfarero para hacer y disponer de él , y pende de su arbitrio el emplearlo en lo que quiera, así el hombre está en manos de su Hacedor, el cual le dará el destino según su propia decisión.” Por eso nos dice Pablo (Rm.9,20 ), “Quien eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso dice el vaso al alfarero: ¿por qué me has hecho así?”. Está claro que los planes del Señor no son nuestros planes y muchas veces no entendemos lo que nos pasa o vemos razones distintas a las razones que Dios tiene. Así sucedió en el caso del ciego de nacimiento; mientras los discípulos de Jesús veían la ceguera como castigo de los pecados, Jesus les dice que ésta no era la causa, sino que tal ceguera se dió para que se manifestase, en la curación del ciego, las obras y el poder de Dios, (Jn. 9, 1 y ss.) Por eso debemos confiar en su infinita sabiduría y misericordia porque, como dice Pablo (Rm. 8,28 ) “sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman”. Esa es la confianza que proclamaron los profetas: Así Isaías dice, “Señor tu nos darás la paz porque todas nuestras empresas nos las realizas tú” (26,12); así Habacuc ( 3,17), “Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré con el  Señor, me gloriaré en Dios mi salvador. El Señor soberano es mi fuerza, el me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas.”  Pablo remata esa confianza en Dios cuando nos dice,”¿Quién podrá arrebatarnos del amor de Cristo?; ¿la aflicción, la angustia, la persecución el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?. En todo esto vencemos fácilmente por aquél que nos ha amado “ (Rm.8,35.37).
Así que toda la Palabra que antecede nos dice con claridad que nosotros no somos los dueños de nuestra vida ni de nuestros bienes ; que el destino de nuestra vida y nuestros bienes lo fija el dueño, el Señor, según su voluntad que muchas veces ni entendemos ni nos gusta, pues su sabiduría y planes exceden infinitamente nuestro conocimiento. Solo nos queda confiar en el Señor que hará lo más conveniente para el bien de todos los hombres en general y de cada uno de nosotros en particular, por difícil que sea a veces aceptarlo, según el destino que nos tiene asignado junto a El.  A Job le costó aceptarlo, pero recorrió un itinerario de aceptación que nos ilustra todo lo dicho: A Job el Señor le quita todos sus bienes, que eran muchos, todos; también le quita todos sus muchos hijos, todos. Job acepta la voluntad y el señorío del Señor sobre todo, y nos dice, “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job. 1, 20-22). Mas adelante el Señor consiente que Satán llague todo su cuerpo con la lepra; de entrada sigue sumiso a la voluntad de Dios y manifiesta,”si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿ por qué no vamos a recibir los males también’ “ (2, 10). Pero su vida, día a día, se le hace insoportable y llega a maldecir el día que nació, se rebela contra el sufrimiento. Sus amigos le instan a que siga confiando en el Señor ,diciéndole,  “ no desprecies la corrección del Señor porque El mismo hace la llaga y la sana, hiere y cura con sus manos” (5,17). Job sigue sin entender lo que le pasa, considera que no es justo; sus amigos insisten en que confíe en el Señor y como Job no da su brazo a torcer, al final, Dios le habla a Job y le hace ver que él no es quién para juzgar los planes de Dios según la divina sabiduría; Job termina reconociendo, “he hablado indiscretamente y de cosas que sobrepujan infinitamente mi saber”. Al final Dios le curó la lepra y le dió más bienes e hijos que le había quitado.
La idea tradicional en el pueblo judío de que cada uno recibimos lo que nos merecemos según nuestra justicia, viene a superarse en el Libro de Job y en la Palabra mencionada antes que él; no es nuestra justicia, sino la de Dios, la que fija los acontecimientos según sus planes e infinita sabiduría; recordemos el pasaje del ciego de nacimiento antes citado y, sobre todo, meditemos en la injusticia humana que sufrió Jesús y que Él libremente aceptó en cumplimiento de los planes de salvación que el Padre tenía para toda la humanidad. En todas estas Palabras y consideraciones está la respuesta a  casos de sufrimiento de víctimas inocentes de catástrofes, accidentes o  enfermedades; solo Dios sabe por qué suceden y nosotros solo sabemos y confiamos en que todo, privaciones y muerte incluidas, está ordenado para la salvación de todos y que la felicidad en este mundo no es un valor absoluto sino que está en función, depende, de nuestro destino final junto al Creador y Padre. Otras  veces, como es el caso de guerras e injusticias, el  dolor está causado por los hombres, que se apartan de la senda del bien y  del amor que Dios nos marca, y  hacen mal uso de la libertad que Dios nos concede y de la cual nos pedirá cuentas.
Por otro lado, el Libro de Job  deja incompleto el asunto del sufrimiento, pues solo en Jesús, nuestro modelo, podemos hallar la respuesta plena: Cristo se sometió a la voluntad del Padre por amor, aceptando la pasión y cruz,  y cumplió la misión que el Padre le había encomendado, salvarnos. A imitación de Jesús, nosotros por amor a Él, aceptamos nuestra cruz y, al aceptar la prueba del sufrimiento, robustecemos nuestra confianza en Jesús, nuestra fe, y nos asemejamos y unimos más a El para acompañarle en el destino para el cual nos ha creado, el cielo . Así que podemos dar sentido y transformar nuestro sufrimiento en una muestra de amor y confianza en Jesús, como oración poderosa de nuestra alma y sentidos que nos une más a El. De la unión con Jesús, con el Amor, se desprende un mayor desapego a este mundo, una mayor negación de nuestro egoísmo, y una mejor disposición a entregarnos a los demás como El se entregó por nosotros; en definitiva, vivimos más en el amor, que es nuestra esencia; así vivimos de forma más auténtica con los ojos puestos en nuestro destino final, definitivo y eterno, sin preocuparnos tanto de nosotros mismos y de lo que nos causa el sufrimiento, la falta de afecto, dinero, salud y vida. Vivir en el amor es vivir en esa “verdad que nos hace libres”; cambiamos la irreal visión que tenemos de este mundo, breve y pasajero, y vivimos de forma más auténtica, como espíritus que esencialmente somos destinados a una vida superior; apartamos la vista de nuestro ombligo, de nuestras vergüenzas y de la tierra donde se pudren los muertos y miramos hacia el cielo, admirando la obra de un creador que nos anima a llegar a Él practicando la justicia y haciendo el bien a nuestros hermanos; a través del amor.
Pero no solo el ejemplo de Jesús, sino también su Palabra, nos ilumina el señorío de Dios sobre todo: Las querencias y afectos mundanos, por nobles que sean, no pueden desbancar a Dios del primer puesto en nuestro corazón, porque El es “el UNICO SEÑOR”, y por eso nos dice Jesús, “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí , no es digno de mí “ (Mt. 10,37); y en otro lugar, “cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc. 14, 13), porque  “todo reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”( Mc. 3,23); y eso se produce cuando “los cuidados de este mundo y la seducción de la riqueza ahogan la Palabra de Dios y la dejan sin fruto”  (Mt. 13,22), por lo cual añade Jesús , “no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt. 6,24). Por ello Jesús nos invita a ponernos incondicionalmente a su lado, negándonos a nosotros mismos y cogiendo nuestra cruz de cada día, porque si queremos vivir a nuestro antojo, prescindiendo de Él, no podremos encontrar la vida, la felicidad; “el que quiera salvar su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la ganará” (Mt. 16,24).En definitiva, el Señor nos invita a elegir la felicidad y la libertad a su lado, frente a la esclavitud del dinero y las pasiones; a desatarnos del mundo para vivir mejor en el mundo, confiando en El y no en nuestras fuerzas y dinero. Si buscamos el paraíso aquí, donde no está, dejándonos llevar de nuestras apetencias y concupiscencia, solo encontraremos frustración y angustia
Después de decirnos que “el Señor, nuestro Dios, es el único Señor”, el Shemá añade, “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con  toda tu alma, con todas tus fuerzas”.  Jesús acepta de forma plena tanto el primer precepto como el segundo, según recogen los tres evangelistas sinópticos, si bien liga a este último ,y de forma inseparable o consustancial, otro precepto : “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt. 22, 39). Jesús quiere nuestro corazón para sí, pero  no para quedárselo sino para compartirlo con todos sus hermanos porque el plan de Dios es que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1ª Tm. 2,4) ; su plan es llevarnos a todos junto a Él, por lo que no tiene sentido que pretendamos llegar a Él de forma individual o en grupito al margen de todos los demás, al margen  de todo el pueblo de Dios, como nos dice el Papa Francisco al comentar ese pasaje del Evangelio donde se dice que “no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos” (Mt. 5,15). Y es que la fe, el amor a Dios , no puede darse sin la caridad, el amor al prójimo; éste es la prueba de aquél; y , así, nos dice Santiago en su epístola (2,17) “la fe sin obras es una fe muerta”; y lo mismo Pablo en 1ª Cor. 13,2, cuando nos dice que aún “teniendo…tanta fe que traslade montes, si no tengo caridad, no soy nada”. Es tan sencillo como que, si queremos unirnos a Dios, al amor, debemos asemejarnos a Él, seguirle como modelo, porque, dice, “yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas , sino que tendrá luz de vida” (Jn. 8,12); y Ël  nos ha amado dando  la vida por todos. Por eso en otro pasaje evangélico, Jesús amplia el Shemá diciendo, “un nuevo precepto os doy :  que os améis los unos a los otros como yo os he amado” ( Jn. 13,34 ). Jesús se pone como ejemplo y medida del amor que nos salva; no hay otra vía que nos lleve a la Vida que no pase por el prójimo; por lo que Juan afirma “si alguno dijere, amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente” (1ªJn. 4, 20). Asemejarnos a Dios nos lleva a amar al prójimo. Por otro lado, amar al prójimo nos conduce a Dios, porque vivimos según nuestra esencia, ya que estamos hechos a su “imagen y semejanza,” y descubrimos que esa forma de vivir es la auténtica, la que nos proporciona paz y alegría por  cuanto nos ajustamos a nuestro modelo, Dios, que “es amor”. Ya lo había anunciado Isaías, “cuando abrieres tus entrañas para el hambriento, y consolares el alma angustiada, nacerá para ti la luz en las tinieblas y tus tinieblas se convertirán en claridad de mediodía. Y el Señor constantemente satisfará tus deseos en los desiertos y reforzará tus huesos”.
La conversión es una convicción profunda que echa raíces en el corazón. Solo así podremos practicar una caridad sincera y auténtica porque “el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas…de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc. 6,45). De lo contrario seremos, como dice Jesús, “…un pueblo que me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Mt. 15, 7);ya sabemos que “del corazón del hombre provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios , las blasfemias” (Mt. 15, 18 y 19) y  por eso “no todo el que dice, Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt. 7,21). No debemos ser como los fariseos que se creen buenos, mejores que los demás por ser estrictos cumplidores de la ley, pero su corazón está vacío de amor; Jesús les llama “sepulcros blanqueados” y “raza de víboras”.  Jesús quiere nuestra conversión plena, nuestra entrega sin reservas al Amor desde nuestro corazón. Para llegar al corazón tendremos que descubrir el amor de Dios y considerarlo nuestro bien más preciado, porque “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”(Mt. 6,21)
El camino para entregarnos a Dios desde el corazón, es un camino personal en el que Dios irá poniendo las circunstancias, acontecimientos, y presentándonos su llamada. En cualquier caso, nuestra conversión dependerá de que descubramos profundamente y sin reservas, el amor que Dios nos tiene según su plan de hacernos partícipes de su vida inmortal. En función de ese amor, Dios ha creado un mundo maravilloso y nos lo ha entregado para nuestra habitación y disfrute;  en él vemos reflejado su sabiduría y poder; luego se nos ha manifestado, y sigue haciéndolo , a lo largo de la historia, colectiva y personal, con hechos y palabras, indicándonos el camino que hemos de seguir para ser felices y encontrar la vida eterna. Esta actuación en nuestra vida ha alcanzado su cénit con la venida al mundo del mismo Dios, nada menos, en la persona de Jesús, a quién el Padre le asignó la misión de entregar su vida en redención de nuestros pecados, sufriendo una muerte cruel, de insultos, salivazos, golpes, azotes y  cruz; muriendo por aquellos que le habíamos despreciado. Con ello, Jesús nos abrió las puertas del cielo y nos regaló la posibilidad de que “todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn. 3,16), otorgándonos la impensable y extraordinaria dignidad de hijos de Dios, “a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios” (Jn.1, 12 ) y si  “somos hijos de Dios,…también herederos de Dios, coherederos con Cristo, supuesto que padezcamos con Él, para ser con Él glorificados” (Rm.8, 17 ). Esto le hace decir a Juan, “ved que amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios, y lo seamos” (1ª Jn. 3,1 ).
Y todo, nuestra condición inigualable de hijos de Dios, nuestro incomparable y extraordinario destino, nos ha sido dado por Dios de forma gratuita, como regalo que no exige la contraprestación de nuestras obras, o nuestro cumplimiento, sino solamente nuestra fe auténtica, de corazón y no de”boquilla, que se manifiesta y aflora en las obras, según hemos visto. Así nos dice Juan (3,17), “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él . El que cree en Él no es juzgado ; el que no cree, ya está juzgado”. Lo único que cuenta “es una fe activa en la práctica del amor” (GA.5,6), “Porque toda ley se concentra en este precepto, amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Ga. 5,14). No vamos a ser juzgados por el cumplimiento o no de la ley, sino por nuestra fe real. En sus epístolas Pablo desarrolla este mensaje evangélico nuclear: “Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es regalo de Dios; no viene de las obras para que nadie se gloríe” (Ef. 2, 8 y 9); “pues si por la ley se obtiene la justicia, en vano murió Cristo” (Ga.2,21). Pero no, nuestra justificación está en Cristo y nosotros solo tenemos que hacer una cosa, escondernos en Él. Por eso S.Bernardo  abad (Breviario tomo III, pag. 99 y ss) nos dice, “mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos mientras él no lo sea en misericordia”; antes ha dicho, “Si cometo un gran pecado, no perderé la paz porque Él <fue traspasado por nuestras rebeliones>.¿ Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo? “. El salmo 129 en esta línea nos sigue animando, “ Señor, quién podrá resistir si tienes en cuenta nuestras culpas. Más el perdón se halla junto a ti…mi alma aguarda al Señor mas que los centinelas la aurora…Porque con El Señor está el amor, junto a Él la abundancia de rescate”.
Si elegimos a Cristo frente al mundo, al amor frente al egoísmo y el dinero, al espíritu frente a la carne, a la verdad frente a la mentira, estaremos eligiendo la libertad y la vida frente a la esclavitud de los ídolos y la muerte ; y seremos unas criaturas nuevas: “No hay ya condenación alguna para los son de Cristo Jesús, porque la ley del espíritu de vida en Cristo, me libró de la ley de la carne y de la muerte...” (Rm. 8,1-2); “ Vuestra vocación  es la libertad, no para que se aproveche la carne”, sino para ser “esclavos unos de otros por amor” (Rm.5,13 ). Esa criaturas nuevas, revestidas del amor de Cristo y a Cristo,  están “Ahora desligados de la ley …muertos a lo que les sujetaba, de manera que sirven en espíritu nuevo, no en la letra vieja”(Rm. 7,6). Y no es que la ley no sirva, sino que está superada; así no dijo Jesús, “no he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud” (Mt. 5,17). Ahora la ley del amor engloba y supera a la ley; nuestra actuación no va encaminada a cumplir una ley que nos viene impuesta desde fuera, sino a realizar una voluntad que nos nace del corazón y que solo tiene como pauta el amor, el perdón y la misericordia, de nuestro modelo, Jesús; por eso Pablo afirmaba, “ya no vivo yo, es Cristo quién vive en mí…vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”.(Ga.2,20)
Decidirnos por Dios y por la vida, en la línea antes comentada, es una elección que cuenta con muchos precedentes que iluminan el acierto de esta decisión . Estos precedentes no se dan solo en el seno del cristianismo, pues la impronta de Dios y su llamada están presentes en el orden y belleza del universo y , de forma especial, en nuestra alma: En las religiones orientales, el ascetismo de los lamas y santones son un ejemplo de desapego a las pasiones y al materialismo como camino hacia la verdad y la felicidad. Ya Sócrates, hace 2500 años, consagró su vida a encontrar la sabiduría dejando a un lado las cosas materiales con reiteradas protestas de su mujer; su muerte fue un ejemplo de aceptación de la injusticia (fue ajusticiado sin motivo) apoyándose en su verdad interior; cuentan que no perdió la paz en los días y momentos previos a su muerte, dedicándose a consolar a sus llorosos discípulos.  Martín Luther King decía que si supiese que iba a morir mañana, no por ello dejaría de plantar un árbol hoy; una actitud que encaja perfectamente con la postura socrática pero con la plenitud del amor cristiano. Los vikingos entraban en combate con total temeridad e insensatez; creían a pies juntillas que su vida estaba únicamente en manos del designio divino. Los hombres y mujeres consagrados, que entregan su vida al servicio de Dios y los demás, tanto en el cristianismo como , salvando distancias, en otras religiones y momentos históricos, son otros innumerables testimonios de  confianza en Dios y generosidad y entrega. Llama la atención la vida de tantos santos y mártires que han hecho el camino hacia Dios con total confianza y desprendimiento de todo, empezando por su vida.
Existe una carta de Albert Einstein a su hija , que me llega providencialmente, y que no puedo dejar de extractar y reflejar aquí por cuanto supone un testimonio excepcional a favor del mensaje de Jesús que he tratado de recoger, como he podido, en este capítulo: “---Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que la ciencia no ha encontrado una explicación. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y que aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es EL AMOR. El Amor es luz, dado que ilumina a quién lo da y lo recibe. El Amor es gravedad porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos , y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El Amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor. Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Esta es la variable que hemos olvidado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo… Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo, y cada ser siente que en él habita, el amor es la única y última respuesta. Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo ,cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quintaesencia de la vida.
Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida.
Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta.
Ama a quién te ama, valora a esa persona que está junto a ti, incluso en los momentos en que ni tu mismo te soportas… cuida, escucha, atiende. Y sobre todo ama. Hasta que tus fuerzas se agoten; y si te agotas, descansa y   vuelve a amar. Renueva los sentimientos y no desmayes.. Se feliz y haz feliz. Tu padre Albert Einstein."
La conversión es la elección de un camino, pero luego hay que recorrerlo. La Iglesia, cuerpo místico de Cristo, está para ayudarnos. A todos; porque “Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Ga. 3,28). Y no olvidemos algo que ya he dicho con anterioridad con abundantes citas evangélicas, en el corazón de Jesús, de su Iglesia, ocupan un lugar especialísimo los pobres y los pecadores, ¡menos mal!. Jesús no permite que nos desanimemos.

martes, 15 de noviembre de 2016

LA LUZ DEL MUNDO (XXIII): La Iglesia de hoy (1ª parte)


Cuando me despierto por la mañana todo está oscuro; las preocupaciones y angustias me invaden, mi debilidad me frena. Tengo necesidad de dar luz  y fuerza a mi vida y solo en Jesús encuentro esa luz que da sentido a mi vida y las fuerzas necesarias para afrontar mis ridículas cuitas. El mundo, preñado de egoísmo, materialismo y hedonismo, solo alumbra guerras e injusticias y no me da ninguna respuesta ni esperanza ni en el día a día ni frente a la muerte. La justicia, la paz y la armonía solo vienen de la mano de la Palabra de Dios, creador de todo, principio y fín de todas las cosas. Esa Palabra me revela quién es Dios, quién soy yo, y cual es mi destino extraordinario e impensable junto a Él; ella da sentido a mi vida y a mi cruz, disipa mis tinieblas. Esa Palabra me dice que Dios es mi padre, que me corrige y prueba pero que nunca me abandona. También me dice que ese Dios ha bajado a la Tierra en la persona de su Hijo, Jesús, mi maestro y hermano, que me espera en el cielo y me acompaña y guía ahora con su Espíritu Santo. Así mismo me revela que todo es fruto del amor de Dios, manifestado de mil maneras a través de la historia y de mi historia personal; un amor sin límites, que ha llevado a su Hijo a una muerte de cruz para pagar por nuestras culpas, por mis culpas; ha pagado mis deudas y puedo presentarme, junto a Él, al Padre. Por si fuera poco, también me ha dado una madre, María, que intercede y vela por mí en el cielo y que nos visita, de vez en cuando, en muchos lugares, para alentarnos y darnos un empujón en nuestro camino hacia su Hijo.

Por tanto cuento con una familia extraordinaria que me espera en el cielo pero que no se olvida de mí ahora, en la Tierra, arropándome y guiando mis pasos a través del Espíritu Santo de Dios que reside en su Iglesia, en cuyo seno derrama su gracia y sus dones a la comunidad de creyentes. Esa Iglesia, con todo lo que ella contiene y supone, es la realidad tangible que me liga al mundo de lo intangible e invisible; es lo que explica que los cristianos podamos vivir en este mundo con los ojos puestos en el mas allá sin sentirnos  o ser tachados de esquizofrénicos.

A lo largo de la historia, todas las civilizaciones, desde oriente a occidente, han recogido la realidad espiritual y religiosa del ser humano. En la iglesia de Cristo es donde esa realidad espiritual, desde muchos puntos de vista, se asienta de forma incomparable y como en ninguna otra religión o práctica religiosa. La razón es sencilla; nada puede ofrecer una manifestación y actuación divinas con el contenido, claridad, contundencia y continuidad que ella ofrece : Primero, la Iglesia recoge en la Biblia el mensaje de Dios que nos explica lo que somos y a donde vamos; el amor de Dios como causa de todo; la caridad como única ley que puede hacer un mundo mas justo y en paz; mensaje de Dios que culmina y alcanza su plenitud de desarrollo con la venida de Cristo Jesús. En segundo lugar, ninguna otra religión puede ofrecer la multitud de hechos extraordinarios y milagros que se han realizado y se siguen produciendo en el seno de la Iglesia. También, en el ámbito individual, somos muchos los que tenemos una experiencia de la actuación divina en nuestras vidas. Resultado de ese amor continuado del Padre, manifestado a través de la Iglesia, es la enorme labor que ésta ha desarrollado y sigue desempeñando  en bien de la humanidad por medio de cantidad de institutos y organizaciones. Manifestación y fruto del amor divino es la multitud de mártires y santos que han entregado su vida a Cristo y al prójimo y que constituyen un testimonio muy sólido de la verdad que habita en la Iglesia.

La Iglesia comienza su andadura con Jesús: Él elige a los apóstoles y a Pedro como cabeza del colegio apostólico.; les asigna una misión,- “Id al mundo entero a predicar el evangelio”- , la misión de divulgar la buena noticia de salvación y esperanza para todos los hombres; en el trance de su muerte, Jesús nos deja a su madre como madre nuestra y de su Iglesia. Tras su ascensión a los cielos, la Iglesia queda definitivamente constituida cuando en Pentecostés recibe el Espíritu Santo que le dá la fuerza y la luz necesarias para desempeñar su misión de continuar anunciando a todos la salvación y la esperanza.

Cristo, nuestro salvador y guía, sigue presente en la Iglesia, en nuestras vidas, a través de su Palabra, su Espíritu y su cuerpo y sangre eucarísticos. No habría sido del todo justo que Jesús nos privara a las generaciones futuras de su presencia y asistencia; Jesús sigue vivo y cercano a nosotros en su Iglesia. La Iglesia tiene su “piedra angular” en Jesús; recibe de su Palabra la luz y de su Espíritu la fuerza. La Palabra de Jesús nos permite conocerle a Él que es nuestro modelo, “camino, verdad y vida”. Su Espíritu ilumina su Palabra, su voluntad, y nos da la energía que necesitamos para seguirla, despegándonos de nuestro egoísmo.

Todos los problemas que la Iglesia tiene en la actualidad tienen su origen precisamente ahí, en esos fundamentos que acabo de mencionar y que, en mayor o menor medida, se han ido desdibujando a lo largo de los tiempos : Un modelo, Jesús, que ha perdido nitidez cuando no se ha oscurecido totalmente; un Espíritu Santo del que nos hemos descolgado un tanto o bastante. Todo ello se ha producido como consecuencia de la excesiva contaminación mundana que se da en el seno de la Iglesia a todos los niveles. Por ello, intentaré analizar esos fundamentos y así poder conocer en qué y cómo nos hemos apartado de ellos.

En cuanto a nuestro modelo de vida, Jesús, trato de fijar los rasgos esenciales de ese modelo como cuestión previa que me permita ver en qué medida nos hemos desviado : En primer lugar, lo más llamativo, extraordinario y trascendente es que Jesús es Dios; nada menos que nuestro Creador hecho hombre con la misión de llevarnos junto a él, no a la fuerza sino atrayéndonos con su amor demostrado en su palabra, vida y muerte. Esa misión salvífica es tan importante y esencial que la traspasa a su Iglesia, a todos nosotros, ordenándonos que proclamemos el evangelio a todas las naciones.  Su misión y su amor no tienen mas límite que nuestro rechazo a creer en Él. Nuestras culpas y errores no son obstáculo  ya que él no se cansa de decirnos que “el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”,  “que hay más alegría en el cielo por un solo pecador arrepentido que por 99 justos que no necesitan arrepentirse”. Misericordia y perdón son pues rasgos esenciales de la figura de Jesús junto a su misión evangelizadora.

En segundo lugar llama la atención  que ese Dios infinitamente superior a nosotros, todopoderoso, viniese a la Tierra como un hombre pobre, nacido en un pesebre en el seno de una familia humilde; que llamó junto a Él, antes que a nadie, a unos pastores y que, ya de mayor, dijese que “no tenía donde reclinar la cabeza”; vivía de la caridad.

En tercer lugar destaca en Él su actitud humilde y de servicio, –“aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” , porque “el Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan sino a servir y dar la vida por muchos”- ; no hace ninguna ostentación de su superioridad y autoridad; se impone por el amor y su sabiduría; aspira a convencer y no a vencer porque Él ha creado hombres libres para que le acompañen en el cielo no como borregos.

En cuarto lugar hay que resaltar su obediencia al Padre por encima de todo y todos. Hasta el amor que siente por sus padres, José y María, queda relegado a la voluntad de su Padre celestial; “no sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre”, les dice a sus padres terrenales que , angustiados le encuentran en el Templo y le reprenden que se les haya escabullido. En su pasión eleva una oración al Padre : “si es posible que pase de mí este cáliz; más no se haga mi voluntad sino la tuya”

En quinto lugar, su corazón estaba con los pobres y necesitados con los que se identifica a la hora de juzgarnos, tras nuestra muerte: “cuanto hicisteis por uno de esos pequeñuelos, conmigo lo hicisteis”.  Leemos en la Escritura “pasó por la vida haciendo el bien” curando a enfermos y lisiados.

En sexto lugar, sobresale en su personalidad su iniciativa y dinamismo para hacer el bien y llevar a cabo su misión salvadora: Él elige a los apóstoles, anda de aquí para allá predicando en descampado, en las calles, en las sinagogas; ve el dolor de la viuda de Naím que acaba de perder a su hijo, y se lo resucita; hace bajar a Zaqueo de la higuera, sin conocerle, y le pide que le invite a comer a su casa; no le duelen prendas a la hora de comer con publicanos y pecadores con tal de  cumplir su misión.

En séptimo lugar, no podemos olvidar que Jesús es un hombre de constante e intensa oración, en permanente contacto con el Padre cuya voluntad es el eje de su existencia terrena. Se retira al monte a orar, pasa muchas noches en oración.

Finalmente quiero recalcar algo que ya he apuntado : Jesús es un hermano cercano . Nos dijo, “yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”, y así ha sido; Él está en su Iglesia; Él está en los corazones de aquellos que creen en El pues, dice, “vendremos a él y haremos morada en él”;  Él está presente en su palabra de forma inmaterial y en la Eucaristía de forma material. Él está presente en los pobres.

Una somera reflexión sobre la figura de Cristo hace aflorar varias ideas sobre la situación de mi Iglesia próxima, individuos e institución :

Antes que nada, para mí que la figura de Jesús, como causa y destino de nuestra existencia, no está asumida de forma plena por muchos de nosotros; de ahí que Jesús no sea el centro de nuestra vida y tengamos una vela encendida a Dios y otra al diablo; somos unos tibios que tranquilizamos nuestras conciencias con ciertas prácticas pero nuestro corazón lo tenemos puesto en el mundo, con sus pompas y vanidades, como si esto fuera nuestra morada definitiva; vamos, que pensamos poco en la muerte. La tibieza es un virus que mina poco a poco lo que nos queda de fe, y sin darnos cuenta vamos entrando en un relativismo moral que termina apartándonos de la práctica religiosa y de la Iglesia, construyendo una religión, a nuestro antojo y medida, que pervierte los valores y va dejando cada vez más espacio a la soberbia y el egoísmo con todo lo que esto acarrea ( codicia, envidia e ira en primer lugar, seguidos de pereza, lujuria y gula) con la triste consecuencia de un notable deterioro familiar; o bien, otro fruto de la tibieza puede ser el fariseísmo en que incurrimos al no considerar que el cielo se nos da de forma gratuita, por amor, y nos preocupamos de cumplir y no de amar, vamos a misa pero despreciamos al vecino y somos injustos con nuestros empleados. No acaba de calar en nosotros la idea del amor gratuito de Jesús hacia nosotros, de su misericordia y perdón; en definitiva no conocemos a Jesús  y en consecuencia no nos sentimos amados por Él  y tampoco amamos. Jesús ya nos lo advierte de forma clara, “ ningún siervo puede servir a dos señores…no podemos servir a Dios y al dinero”. Y a la hora de elegir a quién servimos, Él también es muy claro, “allá donde está tu corazón, está tu tesoro”. ¿Dónde tenemos el corazón?.

No es de extrañar que si el mensaje de Jesús de amor y salvación no está arraigado en nosotros de forma nítida, nuestro espíritu misionero y acción de evangelización brillen por su ausencia o deficiencia en el mejor de los casos; hemos dejado de ser “sal de la Tierra” y nos hemos convertido en sal que se ha vuelto sosa y que no sirve mas que para  “ser arrojada y pisoteada”.

Sin descartar la responsabilidad individual de muchos de nosotros en la situación de la Iglesia de hoy,  tampoco se puede omitir la cuota de responsabilidad que en esto le corresponde a la jerarquía eclesial; a lo largo de muchos años, y en muchos aspectos y ocasiones, esta jerarquía no ha sabido transmitir el mensaje evangélico con autenticidad y ha difundido una religión moralista e individualista que ha hecho más hincapié en cumplir una serie de preceptos y no pecar que en amar y confiar en el amor infinito de Jesús. Huyendo de los errores de Lutero han cometido el error de negar la parte de verdad (insisto, solo parte) que encerraba la postura luterana.

Otro rasgo de Jesús, que no siempre se reconoce en la Iglesia, es su condición de hombre pobre. Como un mero apunte diré que tal condición no se corresponde muy bien con las formas que han acompañado y acompañan a muchos jerarcas ni tampoco con los palacios arzobispales que habitan.  Tampoco la humildad de Jesús parece ser la pauta que imitan algunos sacerdotes y catequistas, autoritarios y prepotentes, que olvidan su papel de instrumentos de Jesús al servicio de los demás y, creyéndose lo que no son, adoptan actitudes impropias de quienes son meros mensajeros y servidores.

El dinamismo y la valentía de Jesús no se ven reflejados en muchos cristianos, acomplejados y acobardados, que muchas veces esconden la cabeza ante un ambiente hostil, como avergonzados de su condición. La falta de una fe profunda, ya lo apuntaba antes, determinan una práctica de la fe pasiva y timorata; el cristiano se encierra en sí mismo y  las parroquias se convierten en centros exclusivos para unos cuantos cristianos que, con actitud individualista e independiente, acuden a recibir ciertos servicios religiosos. Ni que decir tiene que la labor misionera y evangelizadora de la Iglesia ha perdido fuelle y que urge recristianizar sociedades que tradicionalmente eran cristianas. El Papa Francisco no deja de alentar una Iglesia “en salida y de acogida” que busque a los hijos de Dios allá donde estén, sin excluir a nadie.

Por último,  el Jesús en oración no es un modelo que muchos sigamos. Nuestro desconocimiento de Jesús, nuestros afanes y planes mundanos, acarrean casi necesariamente nuestra falta de oración; y si no tratamos a Jesús en la oración y en la Eucaristía, mal podemos sentirlo cercano y apoyarnos en Él en nuestra vida cotidiana. Entonces buscamos nuestra seguridad en el dinero y con ello tenemos servida la angustia, la envidia y la confusión entre otros muchos males.

Junto a la pérdida del modelo que seguimos, mencionaba antes otra causa del deterioro de la Iglesia de nuestros días : El debilitamiento del vínculo que la une con el Espíritu Santo. Este vínculo, que fecunda y vigoriza la Iglesia, pierde fuerza cuando en ésta se difumina su esencia de comunidad de creyentes unidos a la cabeza, Cristo, centro de la vida de la comunidad y sus integrantes. En el plano individual , muchos católicos acudimos a la parroquia y a los sacramentos con una actitud individualista prescindiendo de su aspecto comunitario, es decir, sin sentirnos parte de una comunidad. Esto es especialmente grave en el caso de la Eucaristía, sacramento de unión con Cristo y con los hermanos; sacramento que hace y consolida la Iglesia tal y como ocurría en los primeros tiempos en los que la Eucaristía dominical constituía el eje de su vida, una vida  en comunión, en común unión, entre todos ellos. La Iglesia de hoy en España ha perdido mucho de aquel hermanamiento en torno al día del Señor y su Eucaristía; para muchos la Eucaristía dominical es un servicio religioso que recibimos a la hora que más nos conviene, que acoplamos en nuestros planes de ocio o diversión con un carácter secundario; un trámite que hay que cumplir en  pago a un hilo de fe que nos queda; casi un hábito que se apoya en una necesidad sicológica,  no en una convicción, que nace del íntimo sentimiento de que existe un más allá y un Ser superior. La falta de una fe profunda y el debilitamiento del sentido comunitario de ésta lleva a perder la conexión de muchos con la parroquia, Iglesia local, y, al final, a no acudir a la misa dominical; pasan a engrosar el número cada vez mayor de los católicos no practicantes.

Pero no solo se da una desconexión del cristiano de la comunidad parroquial; también existe otra que se produce entre la parroquia y algunos movimientos que nacen en el seno de la Iglesia y se nutren de ella, pero que no hacen todo lo que deberían para robustecer la unidad de la Iglesia, de la comunidad parroquial; se preocupan de la formación de sus seguidores y no mucho de los hermanos que no pertenecen a su grupo o movimiento; realizan puntualmente determinados servicios a la parroquia pero no se abren a la vida comunitaria todo lo que sería de desear, celosos de su identidad de grupo y de sus celebraciones particulares; son como pequeñas Iglesias privadas más o menos aisladas del resto; de hecho, muchos integrantes de esos movimientos se consideran, y lo dicen, mejores y más auténticos católicos que los demás; esto resulta paradójico cuando la esencia del cristianismo, de la Iglesia, es la unidad en Cristo y el servicio.  En Cristo, uno con su comunidad eclesial, nacen las otras notas esenciales de la Iglesia, la santidad, la catolicidad o universalidad y la apostolicidad.

En mi próximo escrito, si Dios lo permite, intentaré desarrollar algunos de los puntos que he mencionado en este capítulo y que merecen un mayor desarrollo.

sábado, 4 de junio de 2016

LA LUZ DEL MUNDO (XXII): ¿Dónde está la vida?

Ampliando la última cuestión tratada, la muerte, me planteo esta pregunta tratando de profundizar en el asunto. Mi osadía y dudas encuentran una respuesta: “Te doy gracias Padre…porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt. 11, 25). Me planteo varios aspectos como premisas: 
Primera: El ser humano necesita unas mínimas condiciones materiales de vida. Sin casa, comida, vestido, salud y compañía, no se puede hablar de una forma de vivir mínimamente aceptable. Las situaciones de necesidad del llamado tercer mundo, de las que el primer mundo  es responsable en mayor o menor medida, son elocuentes en sí mismas.
Segunda: Tampoco parece que pueda darse una vida plena en situaciones en las que, si bien existe una satisfacción  de las necesidades primarias, la parte esencial del hombre, la espiritual, no está debidamente atendida. En este aspecto, el hombre necesita algo esencial y básico, la libertad; una libertad que exige la democracia y el respeto los derechos humanos, tantas veces atacados desde posturas de autoritarismo e imposición, la mentira y la amenaza. Pero existe también un origen personal e individual en algunas cortapisas a esa libertad, como son el miedo y el autoengaño.
Tercera: Si bien la libertad está en la base de la dignidad de la persona, no lo es todo. La libertad no es una meta en sí misma, sino que es el medio para llegar a la verdad, a una situación de plenitud y auténtica satisfacción; y esto no se alcanza sino es en el seno del amor auténtico, no el que nos viene disfrazado de tal y que, en el fondo, busca la propia satisfacción. El amor supone la plenitud de la dignidad humana que, por tanto madura y progresa en la medida que lo hace en el amor. No es casualidad que en los países de mayor bienestar socio-económico-político, como son los países nórdicos europeos, el número de suicidios es de los más altos. En estos países quizá sobra materialismo y soledad, y falta el auténtico amor que da sentido a la vida y encierra en sí mismo la vida, como luego veremos.
Cuarta: Una última premisa a tener en cuenta: La vida tiene una circunstancia esencial que la acompaña, que es su caducidad, la muerte. Esta circunstancia oscurece mucho la existencia humana, salvo que haya una respuesta y una sólida esperanza de vida mas allá de la muerte física.
En relación a estas premisas, me viene a la cabeza una conversación que tuve con un hijo mío. Él me hablaba de los logros que se están consiguiendo en los estudios e investigación sobre inteligencia artificial, unos robots que aprenden, razonan y deciden como los humanos; me hablaba, como ingeniero orgulloso de la ciencia, de todos estos avances y de la posibilidad  de que estos engendros sustituyan al hombre en muchos trabajos. Como subyacía en sus afirmaciones una idea de equiparación del robot al hombre, de una emulación de las facultades creadoras humanas con las divinas, me salió del alma responderle con prontitud que ningún robot podría nunca sentir ni dar amor, ni tampoco dar una respuesta al hecho de la muerte física; aunque hay gente que se empeña en creer  que el ser humano puede emular a Dios y vencer a la muerte, como es el caso de una señora que apareció en la televisión contando que tenía a su difunta hija congelada en unos depósitos frigoríficos, que hay en California, donde los cadáveres se almacenan allí a la espera de que la ciencia descubra como devolverles la vida. Y es que, una cosa es desarrollar nuestro intelecto y colaborar en la tarea creadora de Dios, utilizando la capacidad que Él nos ha dado, y otra cosa muy distinta es tratar de sustituir a ese ser invisible, inabarcable y todopoderoso.
En conclusión, la respuesta a la pregunta de dónde está la vida, una existencia humana plena, tendrá que dar satisfacción, por un lado, a las necesidades materiales básicas de la persona, y por otro, a sus necesidades espirituales de libertad, desarrollo intelectual y amor, sin olvidar que nunca podrá considerarse que tenemos una vida plena si ésta puede acabar en cualquier momento.
Hay dos ideologías madre que tratan de dar respuesta a la cuestión que me planteo:  
1) Por un lado el capitalismo, que si bien parte del respeto a la libertad de la persona y la libre competencia, de hecho convierte al ser humano en un esclavo del consumismo y del máximo beneficio empresarial, con los ojos puestos solamente en el bienestar material, la diversión y el placer; en el dinero, en suma. Esta situación lleva aparejadas toda una serie de esclavitudes: Esclavitud laboral de trabajadores con salarios míseros y horarios excesivos, que aparece con toda crudeza en la explotación de niños del tercer mundo; un ámbito éste que ha sufrido el expolio de sus recursos naturales y sufre la explotación sexual de sus mujeres, aparte de otros abusos que cometen las multinacionales. No parece que este sistema haya erradicado, en la mayoría de países, el paro, la pobreza y la miseria moral que acarrea el egoísmo materialista que lo impregna y que hace del individuo un ser insolidario, pendiente de sí mismo, que solo rinde culto al placer, el poder y el dinero.
2) Por otro lado está el marxismo que surge como reacción a la explotación de las clases bajas por parte de caciques y empresarios; promete el paraíso marxista frente a los abusos del capitalismo, pero jamás ha podido superar la fase de la dictadura del proletariado que convierte al ciudadano  en un auténtico esclavo de “Papá Estado”; un Estado que niega la libertad del individuo, privándole de su derecho a pensar, opinar y actuar de forma libre; en definitiva, privándole de toda participación en el diseño del presente y futuro de su persona, familia y sociedad. El que no acata el sistema es tachado de loco y puede ser aniquilado. El Estado marxista se ha convertido en muchos casos en una gran cárcel, con muros y fronteras cerradas, de la que el ciudadano no puede escapar.
Tanto los estados marxistas actuales como los ya desaparecidos, se caracterizan por haber conseguido superar la desigualdad social, igualando a todos en una situación de pobreza generalizada, de la cual, naturalmente, no participan los jerarcas.    
Las versiones mas modernas del marxismo se disfrazan de estatalismo solidario frente al capitalismo individualista e insolidario, pero siguen negando la libertad del individuo por mucho que, cínicamente, presuman de lo contrario: Establecen la línea de pensamiento único e indiscutible y , con este objetivo, quieren controlar todos los medios de comunicación y todos los centros de enseñanza. Las decisiones políticas, por muy asamblearias que quieran presentarlas, solo se toman por aquellos  que comparten el dogma marxista; la democracia y la libertad brillan por su ausencia. Hasta tal punto están poseídos de su verdad, que no dudan en mentir para imponerla.
Es verdad que el moderno neoliberalismo capitalista y el socialismo democrático, vigentes en muchos países, han dulcificado sus posiciones y vienen a confluir en el llamado Estado del bienestar, un estado que redistribuye la riqueza a través de unos impuestos que gravan más a los más ricos para atender a los servicios que disfrutan todos. Pero, en cualquier caso, no se ha superado un materialismo que en nada favorece el reconocimiento de la dignidad del hombre; menos aún del ser humano débil e improductivo como es la mujer, el anciano, el niño, el discapacitado o el forastero; un materialismo que deja al hombre como vacío y sin esperanza; una esperanza que solo puede encontrar en su dimensión espiritual y, dentro de ella, en Jesús.
Frente a estas ideologías que consideran al hombre poco más que un animal, con un horizonte de muerte, Jesús nos dice que el ser humano es muchísimo más, que su meta no es darle gusto al cuerpo, y que tiene un destino extraordinario e impensable, como extraordinario es ya el mero hecho de su existencia. Acorde con todo esto, la dignidad de la persona se concreta y proyecta en una serie de valores y derechos que nadie ni ningún Estado puede desconocer o atacar; al contrario deben ser protegidos y favorecidos. El ser humano es un ente anterior y superior al Estado, el cual debe estar al servicio del individuo sin imponerle más trabas que las que exijan el bien común. Dios creó al hombre y a la mujer, no al Estado.
Cualquier planteamiento que trate de encontrar la forma de tener una vida plena, debe partir del ser humano considerado en su individualidad ; pero no una individualidad aislada sino conectada al Creador que le da el ser, la vida; una vida que tiene un contenido y una misión nada egoísta, sino de entrega al servicio de los demás siguiendo la pauta y ejemplo de nuestro Creador, Jesús, que es quién mejor conoce nuestra naturaleza y destino.  Las soluciones para conseguir una sociedad mejor serán siempre insuficientes si, antes, el hombre no se regenera por dentro y adopta un comportamiento desde una convicción moral acertada: Desde una asimilación del mensaje de Jesús que nos explica nuestro origen, lo que somos y a donde vamos. Existen muchas religiones que caminan por esta senda y logran encontrar, en mayor o menor medida, la verdad que llevamos impresa en nuestro interior por el autor de la vida. Pero solo un conocimiento profundo de la Biblia y de Jesús nos permitirá distinguir la Verdad plena de las aproximaciones. “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”, nos dice Jesús (Jn. 14,6); Por eso intento, a continuación, encontrar en su mensaje, ese camino verdadero que nos lleva a la vida. Jesús dice de sí mismo, “yo soy la luz del mundo, el que me sigue no anda en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”( Jn. 8,12). Ojalá podamos ver en este mensaje, que  intento recoger, esa verdad que nos robustece y nos da vida y que le hizo decir a Pedro cuando el Señor le preguntaba si el también le dejaría como otros, “Señor, ¿a quién vamos a acudir?, tu tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído  y sabemos que tú eres el Santo de Dios”(Jn.6,68 y ss).
¿Por qué estoy yo en este mundo?, ¿quién soy y a dónde voy? Las respuestas a esto iluminarán mi vida y me explicarán el porqué de los problemas que acucian a la sociedad actual.
Sea cual fuere el origen de nuestro ser animal, lo que está claro es que el espíritu que rige nuestro ser animal no ha nacido de las piedras y que tenemos una esencia y contenido que solo un ser infinitamente superior ha podido dárnoslo. Nos dice Pablo, “no hay más que un Dios Padre de quién todo procede y de quién somos nosotros, y un solo Señor Jesucristo, por quién son todas las cosas y nosotros también”(1ª Cor. 8;6). Ese Jesús es la Palabra mediante la cual el Dios invisible se nos ha hecho visible y se nos ha manifestado, ”quién me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14, 7), “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10,30); es también la sabiduría de Dios en acción, creadora del mundo, “En el principio existía la Palabra, la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios…Todas las cosas fueron hechas por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (Jn. 1, 1 y ss.). Y el autor de la vida ha dejado su impronta en todo y en todos “para que busquen a Dios y siquiera a tientas le hallen, que no está lejos de nosotros, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hchos. 17,27 y 28)
¿Y por qué nos ha creado? Porque  ha querido. En su sabiduría ha considerado conveniente o necesario, vaya usted a saber, que exista un ser de una naturaleza, no igual, sino semejante a Él, que le acompañe por toda la eternidad. Y a ese proyecto se ha volcado con toda la fuerza de su esencia, de su amor:  “En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió a mundo a su Hijo Único para que vivamos por medio de él” (1ªJn 4, 9 y ss.); “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”( Jn.3, 16). Lo que anuncia Juan lo tiene dicho Jesús: “Esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 40). Pero la vida que Jesús nos concede no solo es eterna sino que además, y esto es lo más extraordinario y excelso, es una vida junto a Él en una unión tan íntima y estrecha que no podríamos concebir si no fuera porque nos la ha descrito con sus propias palabras cuando eleva su oración al Padre para pedirle: “que todos sean uno, como tu, Padre, en mí y yo en ti, para que ellos también lo sean en nosotros…para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí para que sean completamente uno, para que el mundo sepa que tu me has enviado y los has amado como me has amado a mí… para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos”.(Jn. 17, 20-26).
No cabe ser más claro y reiterativo en la manifestación de su plan, que ya antes había anunciado: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias… Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os llevaré conmigo para que donde yo estoy estéis también vosotros” (Jn.14, 2 y ss.). Lógicamente, para lograr su propósito y como no se puede mezclar las piedras y el aire, nuestro Creador tuvo que darnos una naturaleza semejante a la suya y nos creó a su imagen y semejanza, según leemos en el Génesis; pero no una semejanza cualquiera, portadora de un cierto parecido, sino la máxima semejanza que una criatura pueda tener: “…habéis recibido el espíritu de adopción por el que clamamos, ¡Abba! (Papá), …somos hijos de Dios, y si hijos, … herederos de Dios” (Rm. 8,15). Ya Jesús nos había enseñado a dirigirnos a Dios en la oración como "Padre nuestro que estás en el cielo…”; y también dijo a la Magdalena cuando se le apareció tras su resurrección, “ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro” (Jn. 20,17). Más tarde Juan confirma nuestra condición y esperanza: "Carísimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1ªJn.3,2).  ¿Quién teme a la muerte después de oír esto?. La muerte solo existe para el que no cree y se empeña en vivir como un animal. Así nos lo confirma el evangelio desde otro ángulo que a continuación contemplo.
Juan nos dice (4,24) que “Dios es espíritu y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad”; por eso Pablo nos ha dicho, como hemos visto más arriba, que nosotros  hemos “recibido el espíritu de adopción”. Así que, somos también, y fundamentalmente, espíritu para poder injertarnos en el Padre porque “el que se une al Señor es espíritu con él” (1ªCor. 6,17). Por eso, el que quiera vivir plenamente ahora, y luego en el más allá, debe vivir espiritualmente como hijo de Dios, pues como nos dice Jesús, “El espíritu es quién da vida; la carne no sirve para nada” (Jn.6,63) y Pablo remacha, “el que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción, el que siembra para el espíritu, del Espíritu de Dios cosechará vida eterna” (Ga. 6,8); e insiste en Rm.8,13, “si vivís según la carne, moriréis; más si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis”, porque “si el Espíritu del que resucitó a Jesús habita en vosotros, el que resucitó a Cristo vivificará vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rm. 8, 10 y 11). Vivir más plenamente nuestra vida espiritual supone seguir el consejo de Jesús: “Buscad el reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura. No os inquietéis por el mañana.”(Mt.6,33); “aunque uno nade en la abundancia, su vida no le viene de la hacienda” (Lc. 12,15); supone liberarse de las ataduras del mundo, sin buscar la vida y la felicidad en el dinero, el afecto, el prestigio, el poder…; supone vivir con los ojos puestos en nuestra meta y razón de ser, Dios, sin echar raíces en el camino que impiden nuestro avance hacia “la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rm. 8,21)
La consecuencia esencial de ser espíritus, y vivir espiritualmente, es poder unirnos a Dios y gozar de la vida eterna. Y esta unión con Dios entraña  que “No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús”, nos dice Pablo en Ga. 3, 28.  Por tanto todos somos iguales, todos tenemos la misma dignidad de hijos de Dios cualquiera que sea nuestra condición física, mental o social; Todos somos hermanos y no caben discriminaciones con los emigrantes, mujeres, niños o ancianos, discapacitados , enfermos o no nacidos. Y negar la ayuda que necesitan todos estos hermanos desvalidos, supone marginarlos y discriminarlos por parte de todos los que disfrutamos de abundantes medios materiales. Dios  no hace distinción entre hermanos; Dios creó la tierra y sus frutos y riquezas para el disfrute de todos y no de unos pocos. Por eso la doctrina social de la Iglesia nos dice que somos administradores de lo que poseemos para emplear nuestros bienes en bien de todos. En resumen, Jesús nos quiere a todos junto a El; para Él todos somos iguales y no ha creado los bienes de la tierra para el disfrute de unos pocos sino de todos; por eso se preocupa de que se atienda a los más necesitados situándose el mismo entre los pobres y anunciando que al final de los tiempos seremos juzgados según la caridad que hayamos tenido con ellos, “porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber… ¿Cuándo Señor te vimos…?... Lo que hicisteis con uno de éstos, conmigo lo hicisteis” (Mt.25, 35-45)
Bien, hasta ahora sé que soy un espíritu, hijo de Dios, nacido para fundirme con Él; que no soy más que nadie ni menos que nadie y que debo emplear mis bienes al servicio de los más necesitados si quiero acompañar a Jesús en la vida eterna. Sé lo que soy, de donde vengo y a donde voy. Pero quiero buscar un contenido más concreto de esa dignidad de hijo de Dios que lleva aparejada la vida plena y sin muerte, una forma de ser que me dé la paz ahora y aquí y me lleve al Padre al acabar mis días en la tierra; quiero llegar al núcleo de mi naturaleza de ser humano.
La respuesta es sencilla; si la fuente de la vida es Dios, de quién procedo y quién voy, mi naturaleza tiene que ser reflejo de la suya para poder unirme a Él y tener una vida que no puedo tener por separado. Me contesta Juan: “Dios es amor y quién vive en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1º Jn.4,16); “ El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor” (1ª Jn. 4,8).
El amor a Dios, fuente de nuestra vida, solo se puede expresar y vivirlo cumpliendo su voluntad como nos dice él mismo en la persona de Jesús: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”(Jn 14,23); “ Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor…”(Jn. 15,10 ) Y bien, ¿cuáles son sus mandamientos? : “ Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado…vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando…Esto os mando (recalca) que os améis unos a otros” (Jn. 15, 12. 14. 17 ). Por eso Juan nos insiste en su epístola : “En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos” (1ª Jn. 5,3); “Si alguno dice amo a Dios y aborrece a su hermano, es un mentiroso (pues) hemos recibido de Dios este mandamiento: quién ama a Dios, ame también a su hermano”(1ª Jn. 4,20); y así, “si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado a nosotros en plenitud” (1ªJn. 4,12), y con su amor se nos da la vida y así “sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos”(1ªJn.3,14), porque “Dios nos ha dado la vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tiene la vida” (1ª Jn.5, 11 y 12). Jesús es claro cuando afirma: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.(Jn. 11, 25).
Pablo expresa con vehemencia y rotundidad su sentir de que la vida le viene de Jesús y a Él hay que unirse (da por descontado que el camino es el amor, la voluntad de Dios) :”Ninguno vive para sí y ninguno muere para sí…ya vivamos, ya muramos, del Señor somos”(Rm. 14,7 ) por eso “estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, es Cristo quién vive en mí” (Ga. 2, 19 y 20), porque “para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”(Flp. 1,21)
Creer en Jesús es amarle; amar a Jesús es amar a nuestro prójimo. Ahí está la vida y la esperanza de tanta gente que vive creyéndose apartada de Jesús y estando, sin saberlo, muy cerca de Él. Aquí radica la esperanza de tantas personas, en especial de tantas madres, a las que los afanes y circunstancias de la vida han dificultado el trato con Jesús y que en el momento de la muerte tienen en su amor un firme apoyo de consuelo y esperanza porque ese amor que ellas tienen por sus seres queridos, a los que han consagrado su vida, sienten e intuyen que no puede morir, porque detrás de ese amor está Dios, el dueño de la vida y de la misericordia infinita que ha enviado a su Hijo a que nos rescatase de nuestros errores y pecados, es decir, de la muerte, pagando por nuestras culpas; un Dios hecho hombre que, torturado  más injustamente que nadie, desfigurado de dolor y pena, ruega al Padre del cielo poco antes de morir, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34)
Me pregunto ahora, ¿qué ingredientes tiene ese amor que me da la vida?. Parece que el amor es incompatible con la imposición; al contrario, debe ser fruto de una íntima convicción formada sin presiones ni engaños, es decir, fruto  de la libertad y la verdad. Dios quiere a su lado seres libres que le hayan elegido, no borregos coaccionados o llevados a Él con engaños. Otro ingrediente del amor y la vida tiene que ser la humildad para reconocerle a Él, nuestro Dios, como centro de nuestra vida, referencia de todas nuestras acciones, en donde reside la “verdad (que) os hará libres” (Jn.8,31); libres de nuestros egoísmos y errores que nos hacen caminar por sendas que llevan en dirección contraria a la vida; por rutas que conducen a la muerte a través de la negación del amor y la afirmación del odio y el egoísmo que engendran violencia, rencor, envidias e injusticias. Por eso Jesús nos previene contra ese camino equivocado, “El que hallare su vida, la perderá, y el que la perdiere por amor de mí, la hallará” (Mt. 10, 39). Y ese camino del amor que Jesús nos indica para hallar la vida, es el camino de la entrega de uno mismo a los demás y el camino del perdón, que solo se puede recorrer en la negación de uno mismo y la aceptación de la cruz que cada uno llevamos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame”(Lc. 9,23 )
Pablo nos describe la caridad, el amor : “La caridad es paciente, es benigna; nos es envidiosa, no es jactanciosa, no se hicha; no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. La caridad no pasa jamás”   (1ª Cor. 13, 4 y ss.)
En resumen, vivir es amar; amar a Dios, en quién reside la vida, cumpliendo su voluntad en libertad: entregando nuestra vida al prójimo. Esa es la verdad que nos hace libres del error y de la muerte y nos da la paz y la vida desde ya mismo y para siempre junto al dueño de la vida, origen y fin de  todas las cosas.

lunes, 25 de enero de 2016

LA LUZ DEL MUNDO (XXI): Voluntad de Dios, miedo y muerte (2ª parte)

Para aquellos que estén engañosamente satisfechos con su vida, para los que no vean más allá de sus narices, oír hablar de la voluntad de Dios les debe sonar a chino. Para todos aquellos que necesitamos tener esperanza, que estamos hartos de las injusticias que sufrimos, cansados de luchar por nuestra vida o la de nuestros hijos, preocupados por el futuro, necesitados de amor, para todos los pobres y necesitados, la voluntad de Dios revelada en su Palabra y en los acontecimientos, sí que tiene sentido.

El ser conscientes de nuestra precariedad, debilidad y caducidad, enfoca y centra la cuestión de saber de dónde venimos, a dónde vamos y cómo llegar. Si buscamos la seguridad y la felicidad fuera de la voluntad de Dios, al margen de Jesús, poniendo nuestra confianza en el dinero, difícilmente encontraremos lo que buscamos. Por eso Pablo nos recomienda, “Guardaos de toda clase de codicia, pues aunque uno nade en la abundancia, su vida no depende de sus bienes” (1ª Cor. 12, 13). El mismo Jesús nos lo deja muy claro, “mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra”(Jn. 4, 34 ); y en otro pasaje,” mi madre y mis hermanos son éstos, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”(Lc.8,21). Hasta tal punto quiere dejar esto claro, que llega, incluso, a tener la desconsideración con sus padres de tenerles buscándole, angustiados, durante tres días y, cuando le encuentran en el templo hablando con los doctores, contesta a sus justificados reproches, “¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc. 2, 40-52)

La paz solo la encontraremos ciñéndonos a la voluntad de Dios porque Él ha venido a “dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad”(Is. 61, 1 ). Por eso el Dios hecho hombre, Jesús, nos dice, “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. Cargad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”(Mt. 11, 28 );porque el que vive de cara a Jesús, encuentra una fuerza y una ayuda que le aligera mucho la carga de la vida. Existe esperanza para los pobres, enfermos, los desvalidos, los que sufren soledad y , también para los pecadores. Por todos los hombres, pero especialmente por los antes citados, Dios se hizo hombre y se sometió a los sufrimientos del hombre, y a una muerte de cruz, pese a ser el Creador Todopoderoso; para demostrarnos su amor.

Vino a la Tierra en un establo y a los que primero llamó su ángel fue a unos pobres y solitarios pastores. También se preocupó de dejarnos claro que a su lado solo estarán los que socorran a los necesitados, con los cuales él se identificó, “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, fui forastero y me hospedasteis, enfermo o en la cárcel y me visitasteis…” (Mt. 25, 35). Y junto a los necesitados, y para nuestra tranquilidad, Jesús se acuerda, también de forma especial, de los pecadores, “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores al arrepentimiento”(Lc. 5, 32) y “hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”(Lc. 15, 7).

Por eso Pablo afirma, “Es cierto y digno de ser creído por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”( 1 Tm. 1,15); más adelante dice ,”nuestro Salvador…quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (1Tm. 2,4 ). Por eso el Papa Francisco nos ha dicho que Dios no se cansa nunca de perdonarnos; somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón.

El resorte que nos impulsa hacia el Creador, y la fuerza que nos pega a la voluntad de Dios, es la plena convicción de su amor por nosotros; así Pablo confesaba que “mientras vivo en esta carne vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Gal.2,20 ). Las pruebas a las que Dios nos somete, a lo largo de nuestra historia personal, no deben enturbiar esa convicción, como no se la arrebataron a Pablo, “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿ la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre , la desnudez, el peligro, la espada?...Mas en todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó?” (Rm. 8, 35 y 37 ). Porque ,”sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rm. 8,28 ). Todo está dispuesto y ordenado por Dios para atraernos hacia él; unas veces de forma directa y, otras, de forma indirecta a través de nuestro prójimo ,que unas veces es ocasión, ejemplo o testimonio de fe y otras veces, objeto de nuestro amor u origen de nuestra cruz y superación. “ Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”(1ª Jn. 4,16 ).

De ahí que muchos que creen no tener fe, en el fondo, sí la tienen, porque el amor que llevamos impreso en nuestra naturaleza, lo ponen en práctica; ya S. Agustín nos decía, “ Ama al prójimo … y trata de averiguar dentro de ti el origen de ese amor; en él verás, tal y como ahora te es posible, al mismo Dios…Ayuda por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte” (Breviario Tomo I, 2ª lectura del 3 de enero). Ya lo dijo Isaías, “Cuando abrieres tus entrañas para el hambriento y consolares el alma afligida, nacerá para ti la luz en las tinieblas y tus tinieblas se convertirán en claridad de mediodía” (Is. 58,10 ).

Todo lo que Dios nos dice en la Biblia, toda su actuación en la historia del hombre y en nuestra historia personal , tienen un solo objetivo, convencernos de su amor por nosotros y nuestro destino final junto a él por toda la eternidad. “¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas?. Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.” (Is. 49, 15 ); “Aunque tu padre y tu madre te abandonen, el Señor aún te acogería ” (Salmo, 26,10). Y “tanto amó Dios al hombre que envió a su hijo” (Jn. 3, 16 ); Dios todopoderoso e inmortal se hace hombre para demostrarnos su amor y hacernos partícipes de su naturaleza e inmortalidad porque “a todos aquellos que le recibieron les dio capacidad de llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1,12). “ Y si hijos, herederos de Dios, coherederos con Cristo” (Rm.8, 17). Jesús solo nos pide que creamos en Él y confiemos en Él como un niño confía en sus padres y les
obedece. Solo así encontraremos la paz y la seguridad que tienen los niños; por eso dice que “el que no se hiciere como un niño, no entrará en el reino de los cielos”(Mt.18,3 ).

Solo podremos desterrar el miedo si nos sabemos hijos queridos de Dios pese a nuestras culpas y pecados. “Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulaciones, pero confiad, yo he vencido al mundo”(Jn16,33). Pero la fuerza del amor de nuestro Padre nos llegará con tanta mas intensidad ,cuanto más cerca de El estemos, cuanta mayor sea nuestra fe y confianza en El; una fe que no se queda en los labios, sino que manifiesta su autenticidad en obras de amor. Por eso nos dice Juan en su 1ª Jn. 4, 18 y ss.), “En caridad no hay temor, pues la caridad perfecta echa fuera el temor” porque “el que ama permanece en Dios y Dios en él” (1ªJn,4, 16) y “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm. 8, 31). La cuestión, por tanto será, ¿cómo acercarnos al Padre?. El camino es claro : a través de Jesús, el Dios visible que nos da a conocer al Dios invisible; Él es la plenitud de toda la Palabra contenida en la Biblia y que viene acreditada por sus obras:”creed a las obras para que sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn. 10, 38 y 14,11 ).

Desde siempre Dios se nos ha dado a conocer a través de su Palabra y sus obras como nos recuerda el salmo 95,7 yss., “Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón…(como) cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron , aunque habían visto mis obras”. Y Juan nos dice (20, 31) que las señales que hizo Jesús “fueron escritas para que creáis que Jesús el el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”. Las obras que Dios ha hecho y sigue haciendo en el mundo, las obras que el mundo ha hecho y sigue haciendo sin Dios, son un buen comienzo para encontrarnos con Dios; un encuentro que culminará en cada uno de nosotros, cuando lleguemos a conocer a Jesús a través de su Palabra y veamos el amor de Dios reflejado en nuestra vida y en la de las personas con las que estamos o hemos estado en contacto. Entonces podremos decir con Isaías (12,1), “Él es mi Dios y Salvador; confiaré y no temeré porque mi fuerza y mi poder es el Señor, El fue mi salvación”.

Como nuestra condición pecadora nos lleva a apartarnos de Jesús y , como consecuencia, caer en la angustia, Jesús nos exhorta a mantener nuestra mirada confiada en Él para no perder la paz: “No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer y beber, ni con qué os vais a vestir…¿no es mas importante la vida que el alimento?...¿Quien de vosotros a fuerza de agobiarse podrá añadir una hora al tiempo de su vida?...No andéis agobiados…ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo esto. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio” ( Mt. 6, 24-34 ). Y Pablo nos previene, “la raíz de todos los males es la avaricia, y muchos,
por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe, y a sí mismos se atormentan con muchos dolores” (2ªTm. 6,10 ).

Vivimos en la muerte de nuestras muchas carencias y ausencias, preocupados por tener y acumular, sin darnos cuenta de que, al tratar de encontrar la vida donde no está, entramos en una espiral que no es la respuesta que buscamos y nos lleva a la infelicidad, como nos ha dicho Pablo. Y, al fondo, nos encontramos con el misterio del final de nuestra existencia terrenal, de nuestra muerte fisica, frente a la cual nos quedamos mudos, porque no hay salida; no nos vale ni el dinero ni el poder ni el mucho cariño que nos tengan. Y nos entra miedo, cuando no pavor.

Como dentro de nosotros anida un sentimiento de inmortalidad, porque somos esencialmente espíritus eternos, enraizamos ese sentimiento en un escenario inapropiado, en el mundo que nos rodea, edificando castillos de naipes, y nos resulta difícil aceptar que nuestra vida terrena tenga el mismo final que los animales y las plantas. No vemos que, al vivir como animales , es lógico que temamos tener el mismo final que estos seres. No aceptamos nuestra muerte animal porque no estamos dispuestos a vivir en forma distinta a los animales; nos gustaría poder ser animales eternos y no consideramos lo que realmente somos. Si nos enfrentáramos a la muerte desde la realidad de lo que somos, conscientes de nuestro destino, y , además, viviéramos en congruencia con todo eso, el acontecimiento de nuestra muerte cobraría un carácter y un significado muy distinto; perderíamos gran parte del miedo ante lo desconocido y crecería en nosotros un fuego grande que iluminaría nuestro futuro y calentaría nuestro espíritu. Así que debemos examinar esa realidad esencial a la que he aludido para enfocar, de forma también realista, el fenómeno de nuestra muerte. Si tenemos un hilillo de fe, escuchemos lo que nuestro Maestro nos dice.

Sabemos que la vida no nos pertenece y que nuestro Creador nos la puede arrebatar en cualquier momento; en todo caso, sabemos que empezamos a morir desde el mismo instante en que nacemos. Por tanto es absurdo buscar la vida donde no está; nuestra meta está más allá de esta vida terrena y es ahí donde debemos poner nuestros ojos porque “ lo que uno siembra, eso cosechará. El que siembra para la carne de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna” (Ga.6,8) La auténtica vida alcanzará plenitud tras la muerte. El saber eso, y vivir de acuerdo con esa verdad, ya supone una esperanza y una liberación del miedo a la muerte que nos hace empezar a gozar de parte de esa auténtica vida; porque “el espíritu es quién da vida, la carne no sirve para nada” (Jn. 6,63) y si “vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Ga. 5, 25 ). De lo contrario, si ponemos nuestros ojos y nuestra meta en esta realidad terrena, precaria e inconsistente, caeremos en la esclavitud del dinero y en la muerte, y Jesús vino precisamente para “librar a aquellos que por temor de la muerte, estaban toda la vida sujetos a esclavitud” (Hebreos, 2, 25). Liberémonos del miedo a la muerte porque nuestro

Creador nos quiere vivos y junto a Él: “ Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16); “esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en Él, tenga la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 40); “que todos sean uno, como tú, Padre estás en mí y yo en Ti , para que también ellos sean uno en nosotros…para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos”(Jn17, 21 y 26).

Nuestra fuerza y nuestra esperanza frente a la muerte está en el amor que nos tiene nuestro Padre celestial y en el destino que nos tiene reservado junto a Él en calidad de hijos adoptivos suyos; viene demostrándolo con palabras y obras a lo largo de toda la Historia; creámosle. Su amor por nosotros rebasa con creces el peso de nuestra indignidad; su pasión y cruz anulan los pecados de los que quieren entregarse a él y seguirle al cielo. Pidámosle que renueve nuestro corazón y levante nuestra mirada hacia él, ya que nosotros somos de baja condición. Intentemos vivir según nuestra condición de hijos de Dios y no como esclavos del dinero y nuestras pasiones. Llenemos nuestra vida de caridad hacia el prójimo, que es tanto como llenarnos de Él, y confiemos plenamente en su promesa de llevarnos con Él. No busquemos el éxito sino la santidad, no nos agobiemos por una seguridad que el mundo no nos puede dar y evitaremos la decepción y el miedo; Jesús nos lo advierte, “el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la hallará” (Mt 16,25). Pablo nos insiste: “Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios; pero vosotros no vivís según la carne sino según el espíritu, si es verdad que el espíritu de Dios habita en vosotros…Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros…dará también vida a vuestros cuerpos mortales…Así pues,… si vivís según la carne moriréis; más si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis” (Rm.8, 8-14); y en la epístola a los Tesalonicenses (4, 13 y 14) nos anima e insiste,”…no os aflijáis como hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado,, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él”.

Pablo, el ejemplo a seguir que Jesús nos ha puesto, vivió apoyado totalmente en Jesús, y no se arredró por nada ni por nadie: “para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir”(Flp.1,21); “Por él renuncié a todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo.” (Flp. 3,8 ). Los sufrimientos de esta vida nos acercan a Cristo y nos preparan para la unión definitiva con Él. Así lo entendía Pablo cuando decía, “Me alegro de sufrir. Así completo en mi carne los dolores de Cristo” (Col. 1, 24)

Confiemos. Esa es la clave, tener confianza en un Dios que es nuestro Padre, nos ama y nos espera con los brazos abiertos. Y también nos acompaña en el camino hacia Él.